jueves, 1 de julio de 2010

Quinientos días atrás, se encuentra el momento en que, obligada por las circunstancias, lo volví a ver. Decadente y sin más que la tristeza que lo cargaba y lo llevaba, me acerqué a ver si era el mismo que por más de veinte años se encarnó en rígido afecto. Su cuerpo robusto aún y sin embargo en su mirada yacía vacío, como las estatuas, que pese a su dureza se les hace rellenar los ojos para mostrarse menos atemorizantes.
Hoy, en un encuentro fortuito, le vi de reojo. Su figura se mantiene sin cambio, y yo, al parecer y al perecer he cambiado, lo noté en mis ojos que solían reflejar los suyos. Puedo decir que ya no pertenezco a sus mandatos, ya no soy concreta, logré mi objetivo, pasé desapercibida ante su vigilante mirada...

No hay comentarios:

Publicar un comentario