Hablar con las personas ausentes, como si se mantuviera un diálogo en el aire, alivia el terror del vacío, como aquel sentimiento en el que, sin saber qué o cómo, has perdido lo que hasta en ese momento te percatas de sentir justo en medio del pecho.
Sólo, en ese instante, es preciso ver fluir aquello que se encontraba en esencia enredado.
Mientras tanto, las palabras llevan en sus contornos hilos frescos de nostalgia arranciada, descubriendo así que aquello que se ha ido no encuentra ya el hilo conductor del regreso al tiempo que solían compartir.
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